quién soy

Mi nombre es Mónica y ahora que hago un recuento, toda mi vida he estado relacionada con la educación.

Los primeros 16 años, sin pedirlo y sin saberlo, estuve concentrada completamente en mi propia educación: el preescolar, la primaria, la secundaria, la prepa, clases de una cosa o de otra y conducida completamente por mis maestros, mis papás, mis hermanos mayores.

De los 17 años en adelante puse un pie del otro lado y comencé a experimentar lo que era cooperar en la educación de otras personas. Así, comencé el viaje doble: aprender enseñando algo. Cuidé bebés, fui maestra de danza, cuentacuentos, guía de campamentos de verano, bibliotecaria, di clases en secundaria, en prepas, en comunidades rurales, en universidad, en diplomados, en posgrados, formadora de docentes, de promotores culturales, coordinadora de círculos de lectura, investigadora, en fin…

Por si fuera poco, me casé y fui mamá tres veces, con lo cual la tarea educadora se volvió multidimensional, permanente e inefable.

En todo este tiempo, fui tratando de formarme también teóricamente, por lo que terminé la carrera, la maestría y recientemente un doctorado en educación.

La mirada de aprendiz no se me puede borrar ya nunca (espero!), ni la manía de estar siempre queriendo facilitar a otros su camino de aprendizaje.

myFrame.usSeguramente mil rodeos he dado y dos mil errores he cometido, pero con ese afán es que estoy aquí, queriendo descubrir siempre nuevas y mejores maneras de aprender.

mirar la ola de frente

Seguramente más de alguno compartirá esta sensación de cuando éramos niños:

Estar parado en la playa, jugueteando coolan la arena en los pies, el agua hasta las rodillas, tranquilamente, sin importar qué traje de baño te pusieron, sin importar si traes bloqueador o no, volteando hacia acá, hacia allá, buscando piedras, conchitas…

y de repente… oyes por ahí un grito y alguien señala hacia el mar:

Volteas. Tus ojos se van abriendo como platos al tiempo que tu cuello se empieza a mover de abajo a arriba, tu boca se abre sin poder emitir sonido alguno… ¡la ola más grande del mundo se está formando frente a ti!!!

En el estómago se siente un vacío helaaado y en una milésima de segundo tienes que tomar la decisión ¡de tu vida!

O girar el cuerpo a mil por hora y correr como loco hacia afuera, levantando las rodillas, manoteando, picándote las piedras en los pies, perdiendo la cachucha, sabiendo que tras de ti viene ese tsunami que está a punto de rozarte los talones en el siguiente segundo y que te puede tragar completo, por la espalda sin haberte podido ni siquiera despedir de tu mamá.

O… –segunda posibilidad– agarrar valor y respirar lo más hondo que puedes, cerrar la boca fuerte, apretar los ojos, poner los brazos en forma de endeble flechita ante el poder de Tritón y muerto de miedo agachar la cabeza y la cintura para lanzarte hacia adelante en picada, directo al corazón de la ola más gigante de la historia…

¿Se acordaron de ese instante?

Pues ese recuerdo es el que describe perfecto mi sensación actual, ante la avalancha de información y tecnología de este siglo 21: Me siento frente a “la ola verde” en mi pobre Cuyutlán 🙂

En septiembre 2014 abrí este mismo blog, pero al ver la inmensa ola haciendo sombra sobre mi silueta salí corriendo. Ahora, 19 de mayo de 2015, decido apretar los dientes y lanzarme en flechita a lo profundo del océano. ¿Por qué?

No lo sé. Quizá porque siempre hay nuevas oportunidades para mostrarse valientes, porque ahora voy acompañada y así da menos miedo, porque durante los meses anteriores avancé solita a meterme un poquito más allá de la rodilla, porque ya crecí un poco, porque ya practiqué en la tina del baño a hacer bucitos y también porque ya no hay de otra: La ola está cada instante más cerca y ya no alcanzaremos a correr para ningún lado.

Voy pues, siguiendo esta analogía, a entrarle al mar de las preguntas, al mar del miedo, al mar de las posibilidades.

¿Qué pasará al final?

De niños, ante la ola, siempre supimos tomar la mejor decisión, pues es obvio que sobrevivimos (aunque a veces con la dignidad un poco maltrecha, claro). Ahora lo intento porque definitivamente no nací para quedarme sentada bajo la sombrilla. ¡Prefiero el riesgo!